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100 AÑOS DE BACON



Francis Bacon, Francis Bacon, Museo Nacional del Prado, Madrid, del 3 de febrero al 19 de abril de 2009.



Coorganizada por la Tate Britain, el Museo Nacional del Prado y el Metropolitan Museum of Art, Francis Bacon es la retrospectiva itinerante que durante todo el 2009, celebrará el centenario del nacimiento del pintor británico (1909-1992) reconocido por haber agitado las vanguardias pictóricas en una Europa de posguerra que, acostumbrada por entonces a las abyecciones, parece haber sublimado a través de su obra buena parte de ese sistema de descomposición psicosocial que fabricó la primera mitad del siglo XX.

Compuesta por unas sesenta piezas que recogen parte significativa de la producción del artista, la exhibición adquirió en España una especial trascendencia (ésta se presentó previamente en Londres y volaría después a NY), debido sobretodo al estrecho vínculo que su obra guarda no sólo con estandartes de la talla de Velázquez o Goya, por ejemplo, sino también con la ciudad de Madrid por donde Bacon deambularía hacia los últimos años de su vida.

Bajo la curaduría de Chris Stephens, Mathew Gale (Tate), Gary Tinterow, Anne L. Strauss (Metropolitan) y Manuela Mena (Museo del Prado), Francis Bacon conduce al espectador por un universo donde el expresionismo ha sido retorcido hasta el grado, incluso, de la nausea.

Y es que más que un sistema de representación, lo de Bacon se antoja un sistema edulcorado de degradación bestial de la figura humana (especialmente del rostro) que en pro de un mundo privado de la experiencia divina, trascendió no sólo la idea del cuerpo como recinto del yo, sino también la fantasmagoria resultante de aparear goce con violencia interna. “Bacon es uno de los pocos artistas, cuyas obras pasan directo al sistema nervioso por medios meramente abstractos”, afirmaría Delleuze en su momento.

Disectada en islas temáticas como Animal, Zona, Aprensión, Crucifixión, Crisis, Archivo, Retrato, Memorial, Épico y Final, la obra del también autor de Study after Velázquez Portrait of Pope Innocent X (1953) ha sido tratada aquí, con la precisión de un entomólogo de la perversión.

Siguiendo cada una de estas divisiones, el espectador penetra en ese “carnaval de la imagen que es también autocanibalización por la imagen” (Baudrillard), en cuyo centro revolotean decadencia y alienación; paranoia y crueldad; éxtasis e instinto; anamorfosis y aniquilación…

Mientras que Animal incluye algunas de las primeras obras de Bacon (la muestra abre con un portentoso Three Studies of Figures at the base of a Crucifixion, 1944), Zona y Aprensión presentan algunas de las variaciones más importantes que realizara el autor sobre el Retrato del papa Inocencio X de Velázquez.

Y es en estos apartados donde quizás se concentren los cuadros más inquietantes en la producción del artista caracterizados por su fascinación por las bocas. Pero basta echar un vistazo a Study of a Baboon (1953) para adivinar que más allá de ese grito existencial que tanto se le ha atribuido, Bacon en realidad quería reconstruir el aullido animal sin ninguna intención más allá de devolver al hombre a su condición primigenia: en un mundo donde priva la espectacularidad, hablar de “chillidos” se torna criminal.

Mención aparte merecen las secciones Crucifixión y Crisis que abordan la obra de la década de los sesenta, época por la cual hablar de Bacon ya era cosa seria. Se trata de una época en que las relaciones personales y artísticas del autor son enigmáticas. Anclado en relaciones amorosas de carácter más bien insano, el artista explora aquí, en clara alusión al discurso cristiano, no la capacidad redentora del hombre como género, sino su total predisposición a la autoaniquilación.

Aparecen pues y de manera casi obsesiva, la sangre, la violencia sexual, la sugerencia del crimen e incluso la alusión a la barbarie nazi. Se sembraba, entonces, el germen de los Young British Artists.

Paralelamente, y en correlación con Épico y Retrato, se encuentra Archivo, una ventana al entorno más personal del autor donde se encuentran, en código fotográfico casi siempre, las pistas que le ayudarán a desvelar las influencias de un autor que vio lo mismo en Picasso que en Muybridge, el otro lado de la perfección. El drama, si es que lo hay en todo esto, lo pone el espectador.

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